Drogas, adolescencia y conducta problema
| Es un hecho ampliamente constatado que el consumo de drogas y la delincuencia tienen sus inicios y sus primeros desarrollos durante la adolescencia. Los primeros contactos con las drogas legales tienen lugar a edades relativamente tempranas, en las primeras etapas de la adolescencia; a lo largo de los años siguientes, muchos adolescentes se inician también en el consumo de sustancias ilegales (Kandel, 1980; Kandel y Logan, 1984; Luengo, Otero, Mirón y Romero, 1995). Asimismo, la prevalencia de la conducta antisocial aumenta durante el período adolescente y desciende en los inicios de la vida adulta (Junger-Tas, Terlow y Klein, 1994). Esta constatación conduce a examinar qué ocurre durante la adolescencia para que los jóvenes sean un grupo particularmente vulnerable a las conductas problemáticas. En respuesta a esta cuestión, los psicólogos del desarrollo nos proporcionan abundantes claves.
Aunque en la
actualidad la visión de la adolescencia como un período tumultuoso de
“tormentas y tensiones” se considera poco adecuada, lo cierto es que una
serie de cambios cognitivos, personales y psicosociales favorecen la
violación de las normas. Por una parte, ciertos autores subrayan la idea de
que en la adolescencia nos encontramos con un “lapso” o “salto” madurativo (Moffitt,
1993). El individuo experimenta una serie de cambios físicos que lo sitúan
en una madurez biológica y, sin embargo, durante algunos años no podrá
acceder a los “beneficios” de la adultez (autonomía, recursos económicos y
sociales...). Así, el adolescente se encuentra en una situación de cierta
indefinición personal, acompañada por el deseo de conquistar el estatus
adulto y alejarse de los roles infantiles. A menudo este deseo de buscar la
propia independencia conllevará la trasgresión de las normas provenientes de
los adultos. Además, la necesidad de asentar la identidad da lugar a que el
adolescente se sienta especialmente atraído por el grupo de amigos (Clasen y
Brown, 1985). Aunque la influencia de la familia no desaparece, el grupo se
convierte en un contexto de socialización de gran relevancia. En el grupo de
amigos, el adolescente podrá compartir experiencias y recabar seguridad y
apoyo. En el contexto de los amigos se suelen producir, precisamente, los
inicios en el consumo de drogas y en las conductas antisociales. En el grupo
tiene lugar a menudo el aprendizaje de actitudes, valores y comportamientos
desviados.
En otro orden de
cosas, en la adolescencia se producen una serie de cambios cognitivos que
favorecen la susceptibilidad a la conducta problema. Frente al pensamiento
infantil, que es rígido y literal, el pensamiento adolescente es más
abstracto, flexible y relativista. Piaget señaló que, en torno a los 12-13
años, se suele producir el cambio del período de las “operaciones concretas”
al período de las “operaciones formales”. En esta etapa, el individuo es
capaz de concebir muy diferentes alternativas y perspectivas ante un mismo
problema o situación. El adolescente será capaz de descubrir “fisuras” e
inconsistencias en los argumentos adultos sobre los peligros del consumo de
drogas; además, tendrá la capacidad cognitiva para generar sus propios
contraargumentos, relativizando el riesgo de esos peligros. Y, en
definitiva, el adolescente podrá reevaluar creencias previas que eran
asumidas de un modo acrítico durante la niñez.
Además, otros
rasgos del pensamiento adolescente serán también favorecedores de las
conductas antinormativas. A pesar de que el estilo de pensamiento
adolescente introduce cambios importantes frente a la cognición infantil,
ciertas características de etapas anteriores no son totalmente superadas. Se
ha dicho, por ejemplo, que se agudiza el egocentrismo (Elkind, 1967). Los
adolescentes parecen creer que los otros están tan preocupados por su
conducta y su apariencia como ellos mismos (como si existiese una “audiencia
imaginaria” que los observa y los evalúa); de este modo, la proyección de
una imagen “adulta” e independiente de las normas adquiere especial
importancia. Elkind señala que el egocentrismo aparece acompañado por la
idea de que existe algo único y excepcional en sus vidas (se habla, en este
sentido, de una “fábula personal” y de un “sentimiento de
invulnerabilidad”). Así pues, existe la tendencia a sentir una suerte de
“inmunidad” frente a los riesgos que puede acarrear la conducta desviada. A
los adolescentes les costará imaginarse, por ejemplo, que el consumo de
drogas podrá conducirle a patrones destructivos y problemáticos. A pesar de
que en la adolescencia se producen avances en las capacidades de
razonamiento probabilístico, los jóvenes tienden a infraestimar las
probabilidades de sufrir daños derivados de la conducta problema.
Por último, la
curiosidad por experimentar nuevas vivencias, el interés por el riesgo y una
orientación temporal volcada en el presente son también ingredientes que,
confluyendo en la adolescencia, facilitan la implicación en conductas
desviadas Arnett, 1992). Los adolescentes conforman un grupo con altas
puntuaciones en la necesidad de “búsqueda de sensaciones” (Zuckerman, 1994).
Durante este período evolutivo, el deseo de vivir emociones intensas y de
descubrir nuevas experiencias parece especialmente acusado. Además, los
adolescentes tienden a estar más proyectados hacia los momentos presentes
que hacia el futuro. Estos aspectos contribuyen a aumentar las posibilidades
de implicarse en el consumo de drogas o en conductas antisociales: la
gratificación inmediata se prioriza frente a las consecuencias a largo plazo
y estas actividades permiten satisfacer la necesidad de experiencias
estimulantes y arriesgadas.
En definitiva, nos
encontramos ante un individuo impaciente por asumir los “privilegios” de la
adultez; el sujeto necesita consolidar su identidad y expresar sus deseos de
autonomía respecto a los adultos, por lo que las experiencias en el grupo de
amigos adquieren un relieve muy especial; además, está cognitivamente
“preparado” para rebatir las normas y creencias inculcadas en la niñez;
siente una cierta “invulnerabilidad” frente a
los peligros que pueden acarrearle las conductas desviadas y un cierto
desinterés frente a las consecuencias que puedan reportarle a largo plazo;
estas conductas tienen, por otra parte, el atractivo de lo arriesgado y lo
emocionante. Todo ello crea una situación de vulnerabilidad hacia el consumo
de drogas o la conducta antisocial.
Aunque estas características del
período adolescente propician la aparición de conductas desviadas, también
es cierto que no todos los individuos se implican en ellas por igual. Para
muchos individuos las conductas problemáticas se limitan a períodos muy
transitorios de experimentación; sin embargo, para otros, estos primeros
contactos van seguidos de una escalada hacia comportamientos más severos.
Ante este hecho, surge la necesidad de identificar qué variables del
individuo o de su entorno social “determinan” esas diferencias en la
conducta problema. Dicho de otro modo, interesa conocer qué características
pueden dar lugar a que ciertos adolescentes estén en mayor riesgo de
incurrir en actividades desviadas.
(Tomado de, Varios: "La
prevención en el consumo de Drogas y la conducta antisocial en la escuela".
MEC y Unv. de Santiago de Compostela). |
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