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Una de las responsabilidades
de los padres es, sin duda, establecer normas que regulen la conducta de
sus hijos. Mantener una disciplina razonable pero firme es esencial para
prevenir situaciones como consumo de drogas, malas conductas, problemas
en los estudios. Las normas son incluso necesarias para desarrollar una
personalidad armónica y equilibrada.
Aprenderá a enfrenarse a la
frustración que se deriva de la imposibilidad de hacer lo que uno desea.
También aprenderá a demorar las gratificaciones y a esforzarse para
conseguirlas.
Será capaz de ajusta su
conducta social y personal alas normas de convivencia y le permitirá
educarse en la responsabilidad.
Cuando los hijos son
pequeños, deben recibir las normas de forma clara y ver que al
cumplirlas son recompensados tanto verbalmente como haciéndoles
conscientes de las consecuencias favorables a nivel personal que derivan
de su comportamiento (higiene, bienestar físico, aprobación por el grupo
de iguales, satisfacción personal, etc.).
Cuando los hijos son
mayores, se le debe exigir un comportamiento más responsable, tratando
de que comprenda la importancia de las normas y de que las haga suyas,
con el fin de que éstas se cumpla, no porque son impuestas sino porque
son necesarias. Es culminar un proceso que hasta entonces era teórico
llevarlo a la práctica en su conducta diaria.
Al llegar a la adolescencia,
su tendencia al inconformismo puede hacer difícil mantener las normas.
Para poder manejar mejor esta situación se debe actuar con claridad,
voluntad de negociación y mucha paciencia. No obstante todas las normas
no son iguales. Algunas son fundamentales y su cumplimiento es
indiscutible e innegociable. Estas deben ser pocas y tanto los padres
como los hijos deben tener muy claro cuáles son. Por supuesto estas
normas no surgen cuando nuestro hijo ya ha llegado a la adolescencia
sino que deben estar ya muy reafirmadas a lo largo de su vida. Así pues
la naturaleza de estas normas son para toda la vida y reflejarán el
estilo de vida familiar y los valores que sustentan nuestro actuar
diario de adultos.
Otras normas no son tan
esenciales y permiten a los hijos encontrar e espacio más o menos amplio
que necesitan para la rebeldía y la autoafirmación. También permite a
los padres encontrar un margen para negociar y para enseñar a su hijo a
tomar decisiones, a considerar los pros y los contras de cada opción, a
decidir qué es lo que quiere y qué esta dispuesto a hacer para
conseguirlo.
De esta manera,
responsabilidad y libertad pueden ir de la mano; en la medida que pueda
asumir nuevos compromisos y muestre mayor responsabilidad, podemos
darle independencia. Evidentemente esto no es un proceso lineal y sin
retrocesos, cada chico lleva su propia dinámica afectada por distintas
variables que los padres deben saber y manejar pero sin perder de vista
el objetivo final.
Si se es capaz de conjugar
autoridad, razonamiento, diálogo y afecto, podrás ofrecer a tus hijos
una respuesta clara y, al mismo tiempo, aceptable.
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