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Tu hijo
no coge un libro ni por casualidad y los libros que le
recomiendas con todo tu amor se quedan en un rincón de
su habitación. Seguro que lo has intentado todo: te has
sentado cada día en el sofá con un libro aunque leer no
te apasiona, le has ofrecido algo de dinero si termina
esa novela que arrastra desde el verano, intentas
fomentarle su interés por la lengua haciéndole buscar
palabras en el diccionario, pero no hay manera. ¿Has
pensado que quizás ese no es el mejor camino a seguir
para potenciar el hábito lector en tu hijo de primaria?
En el artículo "Cómo
animar a la lectura a tu hijo de primaria", traté de
exponer actividades y actitudes experimentadas que
pueden ayudarte en la difícil empresa de animar a leer a
un niño a quien no le gusta mucho leer. Pero si queremos
que estas actividades sean realmente efectivas, es
necesario también tener en cuenta algunas actuaciones de
los adultos que pueden restar o incluso anular su
eficacia. Parecen consejos obvios, pero no lo son, ya
que es muy frecuente que los padres, con la mejor
intención, intentemos convencer a nuestros hijos por
encima de todo, les queramos obligar a leer o pongamos
toda nuestra emotividad negativa cuando no hacen lo que
creemos que es lo mejor, sin darnos cuenta que estas
conductas sólo consiguen lo contrario de lo que
prentendemos.
Para empezar, los hijos son muy malos compradores
de las ideas que los padres no viven con sinceridad y
naturalidad, porque pìensan que los estamos
intentando manipular y su identidad e independencia se
sienten atacadas. Si en nuestro hogar hay poco ambiente
lector, es difícil, de la noche a la mañana, crear un
entorno que irradie pasión auténtica por la lectura.
Posiblemente nuestro intento resultará forzado,
artificial y poco convincente, como le pasó a Montse,
una madre que, al día siguiente de asistir en la escuela
a una reunión en la que le hablaron de la necesidad de
un tener un ambiente familiar favorecedor para que los
niños leyeran más, llenó la casa de carteles
publicitarios, compró libros, empezó a leer todos los
días como una obligación y a explicar a su hijo lo
bueno, bonito y divertido que era leer. A los tres días,
su hijo se la quedó mirando y le dijo: "Mamá, ¿qué te
pasa estos días?". Montse se quedó sin saber qué decir y
llamó por teléfono al tutor diciendo: "Mi hijo me ha
pillado".
"El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que
comparte con otros verbos: el verbo "amar"..., el verbo
"soñar"... Claro que siempre se puede intentar.
Adelante: "¡Ámame!" "¡Sueña!" ¡"Lee!" ¡Lee!" "¡Pero lee
de una vez, te ordeno que leas, caramba!" ¡Sube a tu
cuarto y lee! ¿Resultado? Ninguno. Se ha dormido sobre
el libro...."
Así empieza el ensayo de Pennac
Como una novela
para poner de manifiesto que obligar a leer no suele
llevar a ningún resultado positivo. Todos los que hemos
estado ante un libro alguna vez sabemos que si no nos
gusta o no nos "engancha", este libro no se termina,
aunque nos obliguen. Los profesores pueden obligar
porque tienen la amenaza de la nota, pero los padres no
tenemos ese arma y hemos de buscar otras maneras menos
represivas y más positivas, aunque nos lleven más tiempo
tanto en esfuerzo como en obtención de resultados.
No sé por qué, muchas veces pensamos que el dinero
puede mover la voluntad de un niño de primaria que
tiene entre 6 y 12 años. A estas edades todas las
necesidades las tienen cubiertas: tienen comida, ropa,
juguetes, chucherías, amigos, asisten a fiestas de
cumpleaños con su regalo en la mano, van al cine, al
parque de atracciones... ¿Crees de verdad que un
billete de X pesetas le va a recompensar de pasar un
rato de tortura ante un libro?
Haz un esfuerzo. Piensa por un momento que todas tus
necesidades están cubiertas para siempre: las
alimentarias, de vestido, de ocio, de seguridad, etc.,
¡todas! ¿Realizarías cada día ese trabajo que odias
por un dinero que no te iba a aportar nada? Yo,
sinceramente, creo que no haría el esfuerzo. Hace
muchos años conocí dos primos de unos 11 años. El uno
había aprendido a leer con su madre desde muy
pequeñito y era un gran lector. Sus padres le
castigaban a no leer cuando hacía alguna fechoría,
porque su gran diversión era disfrutar de la lectura.
Su primo, en cambio, no tenía esta capacidad de
disfrute y su madre trataba de motivarlo ofreciéndole
1000 pesetas por cada libro que leyera, pero nunca
tuvo la oportunidad de darle ni un solo billete porque
no le compensaba.
Frecuentemente, los padres somos impacientes y
queremos resultados inmediatos. En muchas ocasiones,
cuando el profesor de nuestro hijo nos dice que no
alcanza los niveles mínimos de lectura y necesita leer
en casa, imaginamos que nosotros eso lo arreglamos en un
momento. Olvidamos que la lectura es lenguaje,
comunicación, y que como tal necesita un proceso natural
que es necesario respetar. Si un niño tarda en hablar
con cierta claridad entre 3 y 5 años, ¿Por qué hemos de
pensar que el lenguaje escrito lo ha de aprender en 3
semanas? Si partimos de esta filosofía nos cansaremos
muy pronto de hacer actividades positivas con el niño, y
diremos que no vale la pena hacer nada porque no se
obtienen resultados. Terminaremos con la expresión:
"cada uno es como es y a mi hijo está visto que ni le
gusta la lectura ni le gustará nunca. No vale la pena
hacer nada". Tirar la toalla así es la manera más segura
de que el niño, además de no llegar a disfrutar leyendo,
no tenga éxito escolar y lo pase mal en el colegio.
Igualmente, intenta no poner emotividad ante los
desplantes y desprecios, aunque sea lo natural y lo que
nos sale de dentro. Tal vez es lo más difícil de
todo porque, si yo le recomiendo un libro a un vecino lo
hago con frialdad. Si lo lee, me alegro por él. Y si no,
pues él se lo pierde, pero en ningún momento me entra
mal de estómago o resquemor interior porque no me haga
caso. En cambio, si la recomendación es para mi hijo o
para mi hija, mi respuesta emocional es muy diferente.
Ver el libro que yo leí cuando tenía 8, 9 o 10 años, tan
divertido e interesante, olvidado y cubierto de polvo
-como el arpa de Bécquer- en un rincón de la casa
durante días, incluso semanas, es algo difícil de
digerir sin "decir dos cosas bien dichas".
Cuesta mucho aceptar la derrota, pero no hay más remedio
que perder alguna(s) batalla(s) si queremos ganar la
guerra final. No lo tomes como una desobediencia o como
un desprecio. Recoge el libro con discreción y piensa
que aún no está preparado para leerlo sólo como un
adulto. Sigue haciendo actividades de animación a la
lectura y lo intentas unos meses más tarde.
Por último, no trates la lectura como una
asignatura escolar. La lectura es lenguaje. El día
que enseñemos a leer como enseñamos a hablar, aumentarán
enormemente las ganas de leer de nuestros hijos e hijas.
Cuando tu hijo no sepa leer una palabra, no le exijas el
esfuerzo de analizarla, dísela con naturalidad y que
siga leyendo. Mucho menos le reproches: "¿Cómo no sabes
leer esa palabra tan fácil? Si ayer la sabías..." Estas
frases son descorazonadoras, especialmente si se repiten
con frecuencia, ya que piensa: "A mí esto no se me da
bien. Yo no valgo para esto. ¡Qué suerte tiene tal niño
que lee tan bien y sólo recibe elogios!" E
inconscientemente, como haríamos todos, el niño elude
leer y tú quieres lo contrario, ¿verdad? |
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